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Luis A. Huergo (1837 - 1913)
El primer ingeniero egresado de la escuela de Buenos Aires,
es decir, de la Argentina, fue el ingeniero civil Luis Augusto Huergo.
Presentar a este magnánimo espíritu en pocas
páginas no es cosa fácil por la intensidad, variedad y
consecuencias fertilísimas de su hermosa labor.
Luis A. Huergo nació en Buenos Aires en el año
1837, el 1º de noviembre.
Al inaugurarse los cursos del Departamento de Ciencias
Exactas -que fundara Juan María Gutiérrez el día 16 de
junio de 1865- Luis A. Huergo se inscribió en la naciente escuela,
teniendo por profesores a los grandes especialistas italianos por
Gutiérrez contratados: Bernardino Speluzzi, Emilio Rosetti y Juan
Ramorino. Ya entonces poseía Huergo el título de agrimensor,
obtenido en el Departamento Topográfico.
La primera promoción de ingenieros civiles
correspondió al grupo en que formaba Huergo, teniendo su diploma el
número de los expedidos por la Facultad de Ingeniería de Buenos
Aires, lo que ocurría en junio de 1870.
Apenas diplomado, el gobierno de la provincia de Buenos
Aires comisionó al ingeniero Huergo para contratar y fiscalizar en
Inglaterra la construcción de 118 puentes que luego se instalaron en la
provincia.
Transformado el Departamento de Ciencias Exactas, en 1874,
en Facultad de Matemáticas, eligióse a Huergo consejero
académico, y por una nueva modificación -debida a la reforma de
1881- en que la Facultad tomó el nombre de Ciencias Exactas,
Físicas y Naturales (hoy Facultad de Ingeniería) designóse
decano al propio Huergo, cargo que ocupó muchos años, donando sus
sueldos con destino al Gabinete de Construcciones.
En 1872 fue Huergo elegido senador provincial. Más
tarde se le encarga proyectar el aumento del caudal del Salado, con canales
procedentes de los ríos Tercero, Cuarto y Quinto.
Luego estudió y proyectó un tramo del
ferrocarril Pacífico -Buenos Aires a Villa Mercedes- y el puerto de San
Fernando con un dique de carena que fue el primero construido en el
país.
En la profunda obra técnica de Huergo aparece a cada
instante su sentido de fe patriótica y así lo hizo sentir con
airado acento cada vez que consideró en peligro los intereses de la
colectividad o de la Nación. Este sentimiento ejemplar bien pronto
debía tener su expresión más neta con motivo de la
construcción del puerto de Buenos Aires. El gobierno provincial
habíale confiado en 1876 la dirección de las obras del Riachuelo,
que obtuvo por concurso de proyectos, primera parte del fundamental
propósito de realizar el gran puerto sobre el Río de la Plata.
Federalizada Buenos Aires, Huergo presentó al
gobierno Nacional su proyecto de puerto sobre la costa, para dar acceso desde
las aguas honda a las naves ultramarinas que llegaban de Europa en creciente
cantidad. Buenos Aires progresaba sin cesar y la producción pampeana
aumentaba en grado magnífico; el puerto, visión y
aspiración de Rivadavia y sus continuadores, no podía
postergarse. Huergo lo proyectó con genio insuperado; era un sistema de
dientes oblicuos instalado en la parte meridional del este de la ciudad con un
canal de acceso que partía de la boca del Riachuelo. Ello representaba
cómoda y fácil entrada, movimiento sencillo portuario en agua y
por tierra economía en el movimiento y la explotación, facilidad
amplia de extensión de muelles y dejaba libre el litoral norte de la
ciudad.
Se prefirió el sistema de eslabones, que tanto
daño causó y causa a los servicios, que encarece los movimientos,
que dificulta las operaciones, que obligó y obliga a conservar dos
canales de acceso y que, finalmente, debió revocarse al construir las
ampliaciones del puerto, porque ellas debieron recurrir a los muelles dentados
pero sin que se curasen los males causados por el puerto de eslabones. La
campaña de Huergo fue ejemplar entonces en defensa de la ciudad y del
país y en ella le acompaño toda la ingeniería nacional.
Más tarde, en el Congreso de Ingeniería de Saint Louis, Estados
Unidos, obtuvo Huergo un rotundo triunfo consagratorio sobre sus ideas al
respecto.
Por la misma época, Huergo proyectó el Dock
Sur del Riachuelo, el ensanche de la ciudad de Córdoba y la
irrigación de sus altos y con su intervención se duplicó
la capacidad de embalse del Dique San Roque. Proyectó también
obras portuarias y sanitarias de la ciudad de Asunción del Paraguay y su
famoso canal de navegación de Córdoba al río
Paraná.
Si bien la navegación interior del país fue
una de las preocupaciones de Huergo, fruto de sus estudios es que se encarara
la canalización del río Bermejo, no debe de dejarse de mencionar
los realizados sobre la cuenca hullera y carbonífera de Mendoza, en
especial de Salagasta.
Es imposible detallar aquí la obra estudiada,
proyectada y dirigida por el ingeniero Luis a. Huergo, como también lo
es su labor bibliográfica extendida en numerosas conferencias, estudios,
folletos y tratados con que ilustró a su tiempo y a no pocos de los
cuales es preciso recurrir aun hoy. Puede afirmarse que no hubo gran obra de
ingeniería en el país en cuyo proyecto o ejecución no
intervino directa o indirectamente.
A lo largo de su vida se puso de manifiesto su reconocido
patriotismo. Por ejemplo, cuando en épocas difíciles por las que
atravesaba el país, aceptó el cargo de Intendente General de
Guerra, pero donde se manifestó vivísimamente fue cuando, ya
anciano, no dudó un instante al ponerse al frente, honorariamente, de la
explotación del petróleo de Comodoro Rivadavia al vislumbrar la
posibilidad de que ella pudiera enajenarse entregando a extraños un bien
extraordinario de tanto valor y que tanta influencia habría de tener en
el desarrollo industrial del país. Su altiva actitud de esa hora,
salvó sin duda ese gran organismo que es hoy Y.P.F.
Numerosos cargos ocupó el ingeniero Huergo y entre
ellos diputado y senador provincial, luego ministro de Obras Públicas de
la provincia de Buenos Aires que abandonó al advertir que se buscaba en
él a un político y no a un técnico. Actuó en otras
reparticiones nacionales y en numerosas entidades privadas. Entre estas deben
citarse a tres que contribuyó a fundar y presidió con
éxito y honor: el Instituto Geográfico Argentino, el Centro
Nacional de Ingenieros (hoy Centro Argentino de Ingenieros) y la Sociedad
Científica Argentina. En los Congresos técnicos y
científicos tuvo siempre una actuación destacada, llegando a
presidir el extraordinario Congreso Científico Internacional Americano
de 1910.
Falleció en 1913, ya existen en el país un
pueblo y numerosas calles que llevan su nombre. En la ciudad de Buenos Aires,
aparte de la obra perdurable que realizó, próxima a las
actividades del puerto que defendió y proyectó la avenida
Ingeniero Luis A. Huergo o evoca con incesante colorido. Frente a la boca del
Riachuelo, en la prolongación del canal que le debemos, en la propia
ribera, se levanta el monumento con que la posteridad ha querido darnos
indeleble memoria de sus virtudes ciudadanas, de su capacidad técnica,
de su espíritu emprendedor y austero. Otra esfinge bronceña lo
recuerda en la Facultad de Ingeniería en la que actuó casi medio
siglo y una Escuela Técnica oficial lleva su nombre.
La foja universitaria de Huergo fue proficua y extensa en la
alta docencia. Recibido de ingeniero civil en 1870 con el diploma número
uno en Buenos Aires, ya en 1874 se le designaba académico en la academia
fundada el 31 de marzo al crearse la Facultad de Matemáticas, alta
posición que conserva hasta la federalización de 1880. Nueve eran
los académicos que designó para esa facultad el gobierno federal
de Buenos Aires. Refundidas el 7 de febrero de 1881, la facultad nombrada con
la de Ciencias Físiconaturales para crearse la Facultad de Ciencias
Fisicomatemáticas, poco pasó fuera de la Academia, pues el 2 de
abril de 1886 se incorporaba el elevado cuerpo de la nueva facultad, entrando
el 3 de febrero de 1890 a la Academia de la Facultad de Ciencia Exactas,
Físicas y Naturales, en la que se mantuvo hasta su fallecimiento el 4 de
noviembre de 1913.
Recordemos aquí las palabras que le dedicó en
el acto de entregarse los restos de Huergo al sepulcro, el sabio Angel
Gallardo: "Huergo ha sido el primer ingeniero argentino no sólo en
el orden cronológico sino también por sus virtudes y su labor
profesional. Sus colegas lo amábamos como a un padre, recurriendo a su
consejo y experiencia en todas las cuestiones difíciles, en las que no
escatimaba su opinión franca y sincera expuesta con su voz grave y
reposada, con el valor de sus convicciones y sin anteponer jamás al bien
general los intereses particulares ni propios ni ajenos".
Como académico de la Facultad de Ciencias de Buenos
Aires, intervino en su gobierno desde 1874 a 1906. El 29 de agosto de este
último año, las academias dejaron el gobierno de la Facultad que
pasó a los consejos directivos.
Pero más honda fue la intervención en dos
períodos, el de 1891 a 1895 y el de 1899 a 1902, en los que fue decano
de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, cuando se
transformó la anterior Facultad de Ciencias Fisicomatemáticas.
En esta función pública de alta
dirección universitaria, prolongada en el Consejo Superior y en toda su
vida civil, sin descuidar la acción docente y didáctica, Huergo
propendió a que la enseñanza superior mantuviese un profundo
sentido espiritual, en que la dirección de la conducta y la dignidad
moral fueran los rumbos permanentes de la juventud, tratando de conducirla bajo
el imperio de su bondad sin reservas, hacia principios austeros y de
renunciamiento que pocas veces se habrán visto más
insuperadamente presentados. El paso de Huergo por el decanato se marcó
así por dos virtudes, que no a menudo aparecen juntas: un
carácter indomable para mantenerse dentro de la justicia y la verdad y
al mismo tiempo una tolerancia para el error juvenil, como una intolerancia
cerrada para la inconducta deliberada.
Estas virtudes, a las que hay que agregar su sentido de
responsabilidad, honestidad, desinterés personal, tenacidad y
patriotismo caracterizaron su fuerte personalidad a lo largo de su
actuación, como lo reconocieron públicamente sus
contemporáneos y sus ocasionales biógrafos.
Es sabido que Huergo fue uno de los fundadores de la
Sociedad Científica Argentina. Eran entonces estudiantes del
Departamento de Ciencias Exactas de Buenos Aires, los que debían ser
ingenieros distinguidos Justo Dillon y Santiago Barabino, los que bajo el
influjo de aquel maestro italiano Pellegrino Strobel, idearon la
constitución de una entidad, lo cual comunicaron antes que a nadie a
Luis A. Huergo quien acogió la idea con el entusiasmo de sus grandes
empresas; a ellos se agregó más tarde Estanislao Zeballos,
también estudiante de ingeniería, y además algunos otros.
Así se instaló el 28 de junio de 1872 la prestigiosa sociedad que
fue por cerca de 40 años el único centro -con la famosa Academia
de Córdoba, a la que también perteneció Huergo-
científico del país en el campo de las disciplinas
físicas, químicas, matemáticas, astronómicas y
naturales. Don Luis A. Huergo fue el primer presidente de la Sociedad en 1872 y
consiguió dar a esa tribuna, desde el primer día, el poderoso
impulso que la distinguió durante su existencia. Volvió a ser
presidente en 1878 y en 1881 y en otros períodos más, e
ilustró los "Anales" de la sociedad con numerosos trabajos
dispersos en los centenares de volúmenes, así como en su sala de
conferencias con sus lecciones y discusiones.
Por ello la Sociedad Científica lo llevó a la
categoría de socio honorario, cónclave en el que figuran pocos
nombres, pero todos eminentes, como los de sus predecesores Burmeister, Gould,
Philipi, Rawson, Berg, Balbín, Ameghino, Darwin.
El hoy Centro Argentino de Ingenieros, fundado en 1895,
llamó por segunda vez al ingeniero Huergo a su presidencia en 1910, pues
ese año del centenario de la libertad argentina debían reunirse
en Buenos Aires numerosos hombres de ciencia de fama mundial y de todos los
continentes, por lo que se requería al frente del Centro un experto
excepcional que además era, en ese momento, presidente del Congreso
Científico Internacional Americano, llamado del Centenario. La
presidencia de Huergo tuvo un brillo singular, apropiado al momento de oro que
vivían la Argentina y el mundo.
Tan alto había llegado ya el renombre del ingeniero
Luis A. Huergo que el Centro Naval y la Sociedad Central de Arquitectos lo
honraron nombrándolo socio honorario pero, lo más significativo,
fue que el hoy Centro Argentino de Ingenieros resolviera en una Asamblea de
1911, designarlo por aclamación su presidente honorario, dignidad que no
figuraba en sus estatutos sociales.
Como muy bien dijo en el acto del sepelio del ingeniero
Huergo el representante de Gobierno Nacional: "Desde temprana edad
trabajó sin descanso por el progreso de la República. Fue hombre
de ciencia y hombre de acción. En las universidades presidió las
más altas funciones docentes. Maestro respetado y querido, pudo servir
de modelo a la juventud. Fue legislador, fue ministro, exploró y
estudió nuestros territorios, construyó puertos, tendió
rieles en los desiertos de ayer, contribuyó al desarrollo de las
industrias nacionales y tuvo siempre un estímulo moral y material para
los que solicitaban su consejo o apoyo al emprender una obra vinculada al
adelanto del país. Pero sobre todo, fue un patriota".
Por eso se llamaba a Don Luis A. Huergo el primer ingeniero
argentino; por su antigüedad, por su calidad científica, su
autoridad técnica y moral y la belleza de su espíritu.
Ing. Nicolás Besio Moreno
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